Abril nos obliga siempre recordar a quienes se les arrebató la vida de una manera tan violenta. A Álvaro Conrado, quien ya debería haber terminado su carrera universitaria. Teyler Lorío, quien hoy debería estar estudiando en un aula de primaria. Vidas truncadas por el deseo de poder, por el odio y la intolerancia.
Ha sido mucho lo que hemos vivido, lo que hemos perdido y lo que hemos ganado. Aunque la lucha sigue sin haber alcanzado todavía ese objetivo de la libertad, esta luce cada vez más cerca y prometedora. Como en todo parto, hay dolores intensos, que luego dan espacio a la alegría de ver nacer una nueva vida, una nueva libertad.
La dictadura, como todas las dictaduras, no vive para siempre y ya empieza a dar muestras claras de desmoronamiento. Debemos por lo tanto estar más que nunca alertas y unidos, porque lo que vendrá es una tarea que requiere del concurso de todos los nicaragüenses. La reconstrucción definitiva de la patria será tarea ardua, compleja y tardada, y tan importante será trabajar en esa reconstrucción como importante ha sido mantenerse en esta lucha desigual. Nos hemos enfrentado a una dictadura cruel. Una dictadura que ha utilizado por ocho años, vastos recursos para callarnos, perseguirnos, acosarnos, encarcelarnos, sentenciarnos, confiscarnos, desnacionalizarnos y exiliarnos. Y pese a todo ello, aquí estamos, en pie de lucha porque esos muertos no murieron en vano, sino que son motivación para darles a sus familiares la justicia y la reparación que se les ha negado.
Monseñor Silvio Báez nos decía al inicio de esta lucha que había que cambiar al sistema político de nuestro país. La raíz del odio y la intolerancia no es cosa que se puede arrancar de una sola vez. Por eso es que está tomando tiempo, porque ese odio se ha aferrado a los fusiles, que deberían estar siendo utilizados para la defensa de la soberanía y la seguridad de los nicaragüenses.
Daniel Ortega y Rosario Murillo son la causa de por qué estamos aquí. Ellos son los causantes de nuestra apatridia, destierro, encarcelamiento, acoso y confiscación. Por ello esa raíz debe ser extirpada.
Pero también hay que decir que Ortega y Murillo, además de causa, son la consecuencia de algo más amplio y profundo.
Ellos son la consecuencia de la falta de justicia en la historia de nuestro país que consistentemente ha vuelto la mirada a un lado ante los crímenes, dejándolos impunes.
Son la consecuencia de nuestra indiferencia como nación al no involucrarnos en la denuncia temprana de la injusticia y la violencia.
Son la consecuencia de nuestra comodidad al no alzar nuestra voz de alerta cuando era necesario.
Por eso es imprescindible cambiar esa otra raíz del sistema político nacional. Extirpemos esas causas más profundas que nos tienen aquí donde estamos. Estos momentos históricos, en los que una transición a la democracia luce posible ante una dictadura ya temerosa y aislada, nos llaman a un compromiso de cambio de actitud, para asegurar la no repetición de dictadores ni caudillos en Nicaragua.
No volver nunca más a ser complacientes ante las autoridades, ni a dejar de demandar y defender nuestros derechos inalienables.
No volver nunca más a permanecer callados. Que la incómoda voz reemplace al silencio complaciente e indiferente de los cómodos, de los que ven hacia otro lado cuando el llamado de la patria demanda acción.
No permitir la impunidad. Para que haya paz, debe imperar la justicia. Sin justicia no hay paz permanente. Sin paz no hay futuro. La justicia restaura la paz mediante la memoria, la reparación y el aseguramiento de la no repetición. Sólo así podremos asegurar una paz estable y duradera que tan esquiva ha sido en nuestra sufrida historia.
Pero no deberá ser una justicia basada en deseos de venganza, ni confundir la justicia con la revancha motivada por sentimientos bajos e innobles como el odio, porque entonces estaríamos cayendo en el mismo ciclo de violencia que nos han metido siempre los tiranos. «No debemos saciar nuestra sed de justicia bebiendo de la copa de la amargura y el odio» como advirtió Martin Luther King Jr.
Por muy justa que sea la causa, y precisamente por lo justa que es, no empañemos la lucha con odio ni revanchismos, no corrompamos esta lucha.
Hay una tercera raíz, quizá la más peligrosa que debemos extirpar para siempre del sistema político nacional: la intolerancia. Reitero que dictadores como Ortega son, además de la causa de males, la consecuencia, son el fruto de nuestras mismas actitudes. El origen de nuestras tragedias no son nuestras diferencias ideológicas, porque si así fueran las veríamos en todo el mundo.
El origen de nuestras tragedias es la intolerancia con la que miramos al otro. Como decía el presidente Bolaños, la actitud ha sido siempre «Quítate vos que vengo yo». La política como una guerra sin cuartel, la política como exclusión del otro. El poder como dominación. La lucha política no para llegar a gobernar, sino para eliminar al otro.
Doña Violeta nos decía que por siglos «hemos deseado esa república democrática donde todos seamos libres e iguales ante la ley. Después de alguna victoria democrática, la ambición militar siempre se levantaba y arruinaba lo que se había avanzado. De nuevo, la república se convertía en un deseo y la democracia en una ilusión. Por la causa democrática algunos daban sus vidas mientras otros eran encarcelados o desterrados.» Doña Violeta decía esto pensando que ya la república había sido restaurada. Nicaragua volvió a caer en la tiranía por el mismo causante, Ortega, pero también porque algunos mantuvieron viva esa ambición militar que vino a estropear lo que con mucho sacrificio se venía trabajando.
Por ello es que además de extirpar al dictador de turno y el odio, debemos, como nos dice Monseñor Báez, sacar de raíz esa intolerancia, el tribalismo político salvaje y dar paso al respeto a la idea ajena. Debatir y atacar a las ideas cuando estas no se sostienen con la evidencia ni valores, pero no atacar inmisericordemente a quien las cree. Si no eliminamos esta actitud, entre nosotros, los opositores, se estaría gestando el nuevo dictador del futuro y entonces ahí estaríamos estropeando los nobles objetivos de esta lucha y todo lo que ha costado.
En estos días de recuerdos y conmemoraciones, por primera vez en mucho tiempo, la mayoría de los opositores nos hemos juntado en una proclama que sostiene precisamente lo anteriormente expuesto. Apartar diferencias y concentrarnos en lo que nos debe unir, que es Nicaragua. Este ha sido un buen acto en recuerdo y respeto a los caídos, presos y desterrados en estos últimos ocho años. También ha sido un acto de compromiso de eliminar de raíz todo lo malo y de luchar en el futuro por una mejor Nicaragua, la república próspera que deseamos y que nos merecemos.
Con la esperanza de un futuro pleno y prometedor, avanzamos con renovada energía en esta lucha por las libertades, porque la esperanza no solo nos mueve, sino que construye la libertad y la justicia que Nicaragua merece.
Los Ángeles, California, 19 de abril del 2026.